Besayunando en el hotel

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besayunando con un empotrador

Nunca pensé que un desayuno fuera a ser tan placentero

Me costaba desperezarme por las mañanas y quedaban 20 malditos minutos para que terminase el desayuno en el hotel. ¡Odiaba esos horarios! ¿A quién pretendía engañar Dios?

Buscaba como loca los huevos cocidos que me había metido en la dieta mi nutricionista, pero no había manera humana de encontrarlos. Veía bollos por todos lados; de canela, con crema, con azúcar glas, de cabello de ángel… Me cogí uno de cada. ¡A tomar por culo la dieta!.

Lo más importante en ese momento era mojar los bollos en un buen café, un exquisito café con leche, del mismo color del hombre que estaba en la mesa de al lado. ¡Zas, bien de hormonas! El calor que me recorría por todo el cuerpo me hacía sospechar que las condenadas hormonas me la habían vuelto a jugar. Le quise retirar la mirada y me regaló una sonrisa de medio lado. Quería mojar el bollo directamente en su torso pero la vergüenza me impidió volver a cruzarme una mirada con él.

Esa barba, esos ojos verdes y un cuerpo de escándalo y yo roja como un tomate, perfecto para el pan tumaca… Ya no me lo podía quitar de la cabeza… ¿Cómo sería en la cama?

Cabizbaja, dando pequeños sorbos al café, no podía dejar de morderme el labio inferior. Estaba muy excitada y avergonzada al mismo tiempo. Le deseaba como hacía tiempo no me pasaba, quería que me empotrase una y otra vez. Ya no recordaba el ruido que hacía un cabecero.

Pensé que la mejor idea sería disfrutar de una buena ducha y jugar un ratito con la alcachofa antes de ir a la reunión, no debía presentarme así ante esos inversores, no podía flaquear.

ascensor de hotel
Mi primera vez en un ascensor

Tenía que alejarme de él y salir del salón. Me dirigí al ascensor un poco triste. Una parte de mí pensaba que podría tener un escarceo y otra todo lo contrario. Mis técnicas de seducción y mi momento hormonal no habían dado sus frutos.

Todavía tenía 1 hora antes de aquella estúpida reunión. Según se cerraba la puerta del ascensor, ahí estaba él. Entró e inmediatamente le dio a ese botoncito que nunca he sabido utilizar que sirve para que las puertas se cierren a la mayor brevedad posible y sin mediar palabra, metió su brazo entre mi axila y con una maniobra digna de los marines, me inmovilizó y me arrimó por detrás a él mientras nos mirábamos a través del espejo. Podía sentir su polla bien dura sobre mi culo. Me hubiese encantado poder parar el tiempo.

Empezó por el cuello, luego subió a comerme la oreja, donde con una voz de lo más varonil me susurraba una y otra vez… ¿Besayunamos? Te voy a follar como un loco nena, quiero oírte gritar.

Me recogió el pelo para hacerme una coleta de caballo mientras me decía al oído: te voy a comer el coño como nunca te lo han comido. ¿Te queda claro? Desde mi divorcio no había vuelto a tener algo tan claro. Asentí con la cabeza 30 veces en un segundo.

Subimos al cuarto, y con su cinto ató mis manos al cabecero. Me apartó las braguitas a un lado, introdujo un dedo y al ver que tenía luz verde… se desabrochó los pantalones y sin mediar palabra me empezó a empotrar. Pasaron por lo menos 10 minutos mientras me empotraba cuando sin poder evitarlo empecé a tener un orgasmo digno de una peli porno. Espasmos por todos lados acompañados de una gran eyaculación. Y yo que pensaba que eso era un truco de las pelis…

Me agarró bien fuerte de la coleta y me susurró: ahora es mi turno nena. Empezó a frotar su pene contra mi culo mientras me tiraba bien fuerte del pelo. En menos de 2 minutos tenía toda mi espalda llena de su lefa, como a mí me gustaba, o mejor dicho, como a mí siempre me había gustado fantasear.

Desató mis manos del cabecero para ponerse el cinturón y mientras se arreglaba me dijo:

– Gracias por el besayuno, nena. En un rato nos vemos en la reunión.

Había estado besayunando con mi inversor.

¡Ups!

Susu Pétalos

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